Vuelta sostenible al cole en Sant Josep: rutinas fáciles para empezar el curso

Hay una parte de la educación ambiental que no se enseña: se contagia

Los niños no aprenden a reciclar porque les expliquemos el código de colores. Aprenden mirando: la botella que se rellena en vez de comprar una nueva, la bolsa de tela colgada en la puerta, el yogur que va al amarillo y la piel del plátano al marrón. Lo que hacemos en automático es, para ellos, la normalidad.

Pero la historia tiene una segunda parte, y cualquier familia la reconocerá al instante: llega septiembre, empiezan los proyectos de aula, y un día tu hijo de siete años te saca el tapón del brik de la mano y te suelta que eso no va al azul, va al amarillo. Las escuelas trabajan la separación de residuos con una insistencia que a los adultos nos cuesta más mantener, y el resultado es que la casa acaba teniendo un inspector de reciclaje de metro y medio. ¡Y no perdona ni una!

Los peques copian lo que ven, sí, pero también arrastran a la familia hacia donde han aprendido a ir. Y así el hábito se instala en toda la casa.

El desayuno y el almuerzo: por dónde empezar

El 10 de septiembre las aulas de Sant Josep vuelven a llenarse. Y con ellas vuelven los madrugones, las mochilas a medio cerrar y esa pregunta de las 7.45 que no falla ningún curso: «¿qué te pongo para el almuerzo?».

Es el punto de arranque más fácil porque se repite cada día, es visible y los cambios se notan enseguida.

—Empieza por cambiar el envoltorio, no el menú. El bocadillo puede seguir siendo el mismo; lo que cambia es lo que lo envuelve. Y el dato acompaña: el primer diagnóstico del programa Embolcalls + Sostenibles analizó los almuerzos de 44 escuelas y encontró que el 55% de los envoltorios siguen siendo de un solo uso —papel de cocina, envoltorios de bollería, aluminio, bolsas y film. Cuando se cambia a fiambrera o portabocadillos de tela, los residuos del almuerzo caen prácticamente a la mitad. Un solo cambio, por cinco días a la semana: unos 175 envoltorios menos por curso y por niño. ¡Se dice pronto!

—Compra un paquete grande y prepara las raciones en casa. Los envoltorios de bollería industrial son el segundo residuo más habitual del almuerzo escolar (un 28% de todo lo que es de un solo uso), y las monodosis de galletas o frutos secos van por el mismo camino: cada ración, su envase. Compra el formato grande y repartelo en casa en un bote reutilizable. El mismo almuerzo, una quinta parte de los envases, y más barato.

—La botella reutilizable, con nombre. El nombre es la clave: la mayoría de las botellas no se pierden, se confunden. Una botella de plástico de un solo uso puede tardar unos 450 años en degradarse; una de acero o tritán con el nombre escrito dura todo el curso y los siguientes.

—Fruta de temporada y de aquí. En septiembre y octubre la isla da higos, uva, melón y membrillo. ¡Menos transporte y más sabor!

—Que ellos preparen su almuerzo. Diez minutos la noche anterior, eligiendo qué se llevan y metiéndolo en la fiambrera. Lo que uno se prepara, uno se lo come: es la forma más directa de reducir el desperdicio alimentario y de que la sostenibilidad deje de ser una norma de los adultos para pasar a ser una decisión suya.

—El reto de los cinco días. Os proponemos una dinámica para verlo con vuestros propios ojos. Del lunes al viernes, ningún envoltorio del almuerzo se queda en el cole: vuelven todos en una bolsita dentro de la mochila, junto con lo que no se haya comido. El viernes se vacía sobre la mesa de la cocina. ¿Qué se podría haber evitado?

Más allá del almuerzo

Por supuesto, hay muchos otros pequeños gestos que contribuirán a llevar a cabo una vuelta al cole más sostenible y amable con el entorno. Te dejamos algunas ideas:

  • Haz un inventario antes de comprar. Vaciar el estuche y la mochila del curso pasado antes de pisar la papelería te ayudará a no comprar de más. Suelen aparecer tres reglas, doce rotuladores y una barra de pegamento intacta.
  • Material que dure. Mejor una mochila resistente que aguante tres cursos que una temática que se abandone en enero.
  • Lo que ya no sirve, a su sitio. Todos aquellos rotuladores secos, pilas de la calculadora, un flexo que ha dejado de funcionar: al punto limpio.

El punto limpio móvil está cada sábado en el aparcamiento de Cas Vildo y admite pilas, pequeños electrodomésticos, bombillas y fluorescentes. Además, llevar a los peques una vez es más pedagógico que contárselo diez.

  • El camino al cole. A pie, en bici o compartiendo coche con otra familia del barrio. Menos coches en la puerta del centro significa menos humos justo donde están ellos, y en un municipio como el nuestro muchos trayectos se pueden hacer perfectamente caminando.

Empezar por uno

No hace falta rediseñar la vida familiar el primer día de clase. Elegid un cambio (la fiambrera, la botella, el camino…) y sostenedlo hasta que deje de notarse. Cuando algo se hace sin pensar, ya es cultura.

Y si a mitad de curso alguien de metro y medio os corrige delante del cubo de la basura: bien. Señal de que funciona.

¡Buen curso, Sant Josep!